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Divulga, que algo queda. Por Ramón Sánchez-Ocaña

16 de julio de 2020

Por Ramón Sánchez-Ocaña

Divulga que algo queda

La Academia TV ha convocado, un año más, el premio Concha García Campoy para reconocer la labor de la divulgación científica en los medios. 

Buena ocasión para reflexionar sobre la importancia que adquiere esa divulgación. Parece simple: los que nos dedicamos a ello, tratamos de informar, de explicar, de incitar ,de sembrar  inquietud  para  saber un poco mas del mundo que nos rodea… En otras palabras: crear curiosidad. Quien no tiene curiosidad nunca se preguntará por qué. Y sin por qué, no hay ciencia. Ni divulgación. Nuestra misión es la de sembrar interrogantes.

Quien no tiene curiosidad nunca se preguntará por qué. Y sin por qué, no hay ciencia. Ni divulgación. Nuestra misión es la de sembrar interrogantes.

Uno de los problemas es que para el gran público, la parte científica no ha entrado en lo que habitualmente se llama cultura. La cultura ha quedado en el cultivo del tiempo libre o, en el mejor de los casos, en lo que hasta hace poco se conocía como humanidades. Si sabes de memoria las obras de Lorca eres culto; pero si no sabes qué es un logaritmo (“es que yo soy de letras”), no pasa nada. 

Nuestros hijos saben, efectivamente, o por lo menos hay que suponerlo, que García Márquez escribió Cien años de soledad  y que España limita al norte con el mar Cantábrico. Sabemos cosas, datos, pero no existe una comprensión del mundo en que vivimos. Y si ahora todos, ellos y nosotros, nos preguntáramos cómo es ese mundo, ¿qué podríamos decir? Honrosísimas excepciones hay, por supuesto. Pero en una gran mayoría de casos no sabríamos qué responder. Posiblemente no sabríamos hacer ni fuego. Si nos quedáramos hipotéticamente solos, aislados, perdidos en una isla desierta… no sabríamos hacer nada; quizá ni pudiéramos comer. Eso sí, podríamos recitar un montón de bellas inutilidades, ¿no parece un absurdo contrasentido?

El ciudadano medio tiene una tendencia a ver lo científico como algo esotérico. Todavía hoy, la ciencia queda relegada a un grupo más o menos numeroso de aficionados. Al ciudadano no se le explica, no se le cuenta por dónde va la ciencia y acaba creyendo que es algo que le es ajeno. Porque a él le enseñan una cosa y el mundo que ve, le muestra otra. Advierte y se da cuenta de que eso que muchas veces le enseñan no le sirve, sin darse cuenta de que la ciencia aplicada le vigila hasta sus más mínimos ingresos.

Hay una gran labor que hacer. 

El hombre sabe que ya que la informática le invade y le controla. Y que hay satélites  vigilando nuestro espacio, pero se ignora a sí mismo. Incluso cuando ya tiene cierta cultura, no sabe para qué vale su páncreas, que es para él mucho mas importante. Sabe el nombre de los Premios Nobel de literatura.Admira la aventura científica del espacio y nadie le ha dicho que ese bolígrafo que utiliza se consiguió gracias a eso. O que los paneles solares que quieren instalar en su comunidad de verano para calentar el agua… también  son un logro de la NASA.

Sería gratificante lograr que, como un juego, nuestros hijos conocieran el mundo en que se mueven Y llegaran a saber, si se aislaran de pronto, iniciar una nueva civilización… 

Eso solo se conseguiría si educáramos sembrando más preguntas que respuestas. Más interrogantes que afirmaciones.

Eso es divulgar.

Esa es su importancia.

Esa es la dedicación.

Que si se siguen enseñando los afluentes del Tajo, que tienen su importancia, y el nombre de todas las obras de Lope de Vega, esa otra escuela vital, la de la lectura, la de la radio, la de las revistas, la televisión y la prensa, pueda llevar esa otra idea del mundo que me parece mucho más real. Porque además sería, por su propia dinámica, una formación continuada y permanente. Apasionante y hermosa….

Y así sabríamos  qué son y cómo actúan los virus, aunque no nos estén amenazando.

Esa es la importancia de este Premio : no solo llevar el nombre de Concha, sino estimular y reconocer que la divulgación puede mejorar el mundo en que vivimos.