https://www.academiatv.es/wp-content/uploads/2019/02/Fotnot_Maxim_Cabecera.jpg

El Sancheztein de mi niñez. Por Màxim Huerta

14 de febrero de 2019

Por Màxim Huerta

“La tele es un altavoz de cultura, de información, de argumentos y de entretenimiento, pero no debería ser como el avión que tiraba panfletos ficticios en zonas sensibles. Informar sí, alertar es otra canción”

He apagado la tele para escribir este texto. Curioso ¿no? Sin embargo, de niño era capaz de hacer los deberes con los payasos, el libro abierto sobre la mesa, el tres dos uno contacto dando claves eléctricas y alguna serie a punto de empezar. Podía pegar cromos, tapar el pegamento, beberme la leche, repetir frases y terminar las sumas poniendo un ojo en la libreta y otro en la pantalla abombada de la telefunken palcolor imitación madera que había comprado mi padre.

¿Era más capaz entonces o más exigente ahora? Era más niño, solamente.

Podía masticar la goma de borrar Milán, mojar las galletas en la leche, seguir la línea de puntos de los deberes de la EGB y apartar los pies del brasero porque empezaban a oler a goma quemada. “¡Maxiiiii, las zapatillas, que se te queman!”, gritaba mamá desde la cocina. Allí pintaba la peonza, los dibujos de ciencias naturales, hacía la redacción y al tiempo, cantaba la sintonía pegadiza de televisión.

Me cuesta ahora prestar atención a la tele y al texto. Ya veis. Sobre todo, por los gritos efervescentes y sobreactuados de la tertulia que hay en marcha. La tele es un altavoz de cultura, de información, de argumentos y de entretenimiento, pero no debería ser como el avión que tiraba panfletos ficticios en zonas sensibles. Informar sí, alertar es otra canción. Y no me suena nada bien. Ya hablaremos. Sería niño y más inocente, claro.

Y ahora, envido la apuesta: algo despistado. Tanto que, en la gala de los Premios Talento, donde fui a entregar la estatuilla a Begoña Puig, la directora del último programa que hice en televisión, Destinos de película (TVE), se me fue la atención y volví a la niñez. A ese maravilloso lugar de mesa camilla, recortables y personajes entrañables. Mientras pasaba al salón de actos, un señor de pelo rizado me saludó. Hola, correspondí. Y forcé una sonrisa que es lo que suelo hacer últimamente, pero por otros motivos. ¿Quién era? Saludé al regidor Miguel, al director de Telemadrid, a Tacho de la Calle o a Fernando Navarrete. Había mucho talento, de ese que no sale en pantalla y que hace perfecto el engranaje de este bendito medio de comunicación tan amado y criticado. Un saludo, un abrazo, una búsqueda de la butaca reservada… otro “hola, cómo estás”. “Todo muy bien, todo mucho mejor, gracias.” Pero en mi cabeza seguía la cara de ese hombre amable del principio. ¿Cómo podía haberme olvidado de su nombre?

Era de niño más rápido, eso está claro a estas alturas del texto.

Y mientras subía al escenario, dispuesto a hacer entrega del premio a Begoña Puig… ¡la epifanía! ¡Por fin! En ese momento en el que las butacas aplaudían y ponían música para conseguir el climax emocional, volví a verme de niño, sin gafas, con la caja de treinta y seis rotuladores abierta, mi madre zurciendo algún pantalón en el sillón, la estufa encendida y en la tele… él: el monstruo Luis Ricardo interpretado por Pepe Carabias. Era él. Volví a bucear con la mirada entre el público. Los recuerdos se amontonaron en la cabeza como cartas de una baraja, totalmente ordenados. Los niños debíamos darle las ordenes con el trabalenguas “cantidubi dubi dubi cantidubi dubi da… ¡ya!” El monstruo se daba la vuelta, daba unos pasos, saltaba y se volvía loco haciendo lo que le daba la gana. Aquellas palabras pasaron la vida cotidiana, al patio del colegio, a la charla en el mercadillo, como tantas otras de ese tiempo en el que la televisión no te despistaba, te conquistaba. Aquel maravilloso Un globo, dos globos, tres globos que nos llevó a muchos del blanco y negro al color. Mi transición. La inocencia interrumpida.

Al salir de los premios Talento lo volví a buscar, quería darle las gracias por todo, por hacer tele, por entretener, por ser un gran actor, por sonreírme al principio de la vida y de la noche. Quería decirle que siempre tuve ganas de conocer al profesor Sanchezstein. Pero claro, no sé si lo hubiera interpretado bien.