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La adaptación literaria. Por Manuel Ríos San Martín

27 de julio de 2021

Por Manuel Ríos San Martín. Académico, escritor y director de series

La adaptación literaria.

¿De verdad son mejor las novelas que las series de televisión?

Estamos muy acostumbrados a escuchar que siempre es mejor la novela que la película o la serie en la que se adapta. ¿De verdad eso es cierto? ¿Siempre es mejor la novela? ¿Cuáles deben ser las claves de una buena adaptación audiovisual?

Tal vez se nos olvide que películas como Psicosis, Tiburón, Desayuno con diamantes, El graduado, La naranja mecánica, El padrino, El resplandor, El cartero llama dos veces, Cuenta conmigo, El silencio de los corderos, Parque jurásico, Memorias de África, Las amistades peligrosas, Forest Gump o No es país para viejos provienen de una novela anterior.

Aunque la mayoría de mi carrera la he desarrollado como guionista y director de series, desde hace algunos años también me dedico a la literatura y, a estas alturas, he escrito tres thrillers. El último, Donde haya tinieblas, se acaba de publicar en Planeta. Esta doble dedicación me permite ver ambas caras de la moneda; me ha tocado tanto adaptar novelas ajenas como alguna de las mías.

En estos momentos, me encuentro trabajando junto con Victoria Dal Vera para la productora Lazona en la adaptación a serie de mi anterior novela, La huella del mal, (un asesinato actual en una excavación prehistórica) y eso requiere ser crítico con tu propio texto.

Estamos muy acostumbrados a escuchar que siempre es mejor la novela que la película o la serie en la que se adapta. ¿De verdad eso es cierto? ¿Siempre es mejor la novela? ¿Cuáles deben ser las claves de una buena adaptación audiovisual?

Cuestiones previas que hay que tener en cuenta

El primer problema con el que nos encontramos a la hora de abordar una adaptación es el propio éxito de la novela en cuestión. Si alguien ha decidido comprar los derechos de una novela probablemente sea porque el libro se haya vendido bien (aunque no siempre). En esos casos, ¿qué hacemos con los lectores? ¿Respetamos su criterio? ¿Cuántos son? ¿Cuántos se calcula que serán los espectadores? ¿Tenemos libertad como creadores? Hay que tener en cuenta que tampoco todas las novelas adaptadas son tan famosas como El señor de los anillos o Harry Potter.

Será muy diferente la manera de abordar la tarea si los derechos los ha comprado el propio guionista o si se trata del encargo de una productora. Y si a esto se suma la sombra del escritor, todo se vuelve más complejo. ¿Tiene derecho a modificar el guion? ¿Puede parar el proyecto? ¿No quiere saber nada del tema?

La decisión inicial: ¿serie o película? Si quieres que sea película, lo normal es que tengas que resumir. Y eso no es fácil. Pienso en novelas como Palmeras en la nieve que tenía casi 800 páginas cuando un guion de largometraje no debería pasar de 130. Al reducir tanto la historia a veces no se entiende; pueden faltarle al espectador demasiados elementos que impidan que siga bien la narración. Si optas por convertir el texto en una serie de ocho capítulos, lo más probable es que te toque alargar, meter alguna subtrama nueva o incluso algún personaje que no estaba en el original.

Primeros pasos

Por más que oigamos decir que una determinada novela es muy audiovisual, no hay que dejarse engañar. Ambos medios son muy diferentes y usan códigos distintos, por lo que la adaptación requiere de un trabajo concienzudo. Y no solo eso, cuando escribes literatura estás solo en una habitación, sin ayuda de nadie, mientras que, en una serie, tras acabar el guion, en el que suele opinar mucha gente, aparecen más de ochenta personas dispuestas a convertirlo en imágenes (y sonidos) y, además, cuentas con actores para transmitir emociones, con música y con decorados. Todos ellos aportan su universo creativo a la historia. En el guion no tiene por qué estar todo. En la novela, sí.

Por más que oigamos decir que una determinada novela es muy audiovisual, no hay que dejarse engañar. Ambos medios son muy diferentes y usan códigos distintos, por lo que la adaptación requiere de un trabajo concienzudo. Y no solo eso, cuando escribes literatura estás solo en una habitación, sin ayuda de nadie, mientras que, en una serie, tras acabar el guion, en el que suele opinar mucha gente, aparecen más de ochenta personas dispuestas a convertirlo en imágenes (y sonidos) y, además, cuentas con actores para transmitir emociones, con música y con decorados. Todos ellos aportan su universo creativo a la historia.

Pero estas diferencias abarcan otros ámbitos. En la literatura, el mundo interior de un personaje puede tener la fuerza de una acción audiovisual. En una serie, enseguida se te hace tedioso; es complicado de trasvasar, por más que se incluyan canciones sugerentes. Se necesita más acción real, que pasen cosas, que avance la trama. Sobre todo, si hablamos de un thriller, como es mi caso. Hacen falta secuencias de pura acción, persecuciones, peleas, seguimientos… Por el contrario, en una novela es farragoso describir este tipo de situaciones. No es sencillo narrar un intercambio de puñetazos o una carrera, conseguir que se entienda lo que sucede y que a la vez tenga ritmo.

En la La huella del mal, el narrador sigue las acciones de los policías, investigamos con ellos, “vemos” lo que ellos ven. Para conseguir más dinamismo de cara a la serie, hemos generado una subtrama que en el libro solo se intuye; conocemos las consecuencias de los actos temerarios de un grupo de jóvenes obsesionados por la prehistoria. ¿Por qué no verlos en imágenes si resultan tan excitantes?

La imagen es realista, la lectura es evocadora. Una novela sugiere, la serie muestra. Y esto es un problema con la violencia y el sexo… No es lo mismo leer que ver, no tiene el mismo dramatismo. Una descripción erótica en la novela fácilmente se puede convertir en una secuencia pornográfica en la pantalla si no tienes cuidado. La mente imagina hasta donde quiere mientras lee, pero lo visual es explícito en sí mismo. La sangre es menos roja en tu imaginación. Lo mismo ocurre a la hora de ocultar cosas. Hay situaciones que leídas te las crees sin problema, pero cuando las traspasas a la pantalla, no: el parecido de dos personajes, el traslado de un cadáver por un sitio complicado, el que no vean a un policía en un seguimiento… Un ejemplo podría ser el actor que interpreta el personaje de August en la adaptación de la novela Wonder. En el libro es claramente más deforme de lo que se decidió en la versión cinematográfica. Seguro que a los productores les pareció que iba a resultar demasiado duro para el espectador y también más complicado a la hora de maquillar al niño a diario en rodaje.

Por no hablar del presupuesto. En una novela cuesta lo mismo poner un helicóptero en una escena que quince. Ni que decir tiene que, en una serie, no.

El proceso de adaptación

Yo suelo leer la novela completa al menos dos veces: una lectura rápida y otra prestando más atención. ¿Con qué te quedas en la lectura rápida? Con lo básico: de qué va realmente, cuál es el tema, quién es el protagonista, qué giros te han llamado la atención, qué carencias encuentras… Esta primera impresión es importante para encontrar la esencia de la historia, la importancia de los protagonistas.

En la segunda subrayo párrafos que considero esenciales y suelo marcar con post-it escenas que quiero encontrar fácilmente. La verdad es que lleno las páginas de post-it intentando que en la solapa externa se lea un titular. Analizo minuciosamente la estructura, los personajes, el ritmo, los distintos tiempos en los que se desarrolla, los momentos cumbre…

A partir de ahí, hay que trabajar más pormenorizadamente; adaptar lleva casi el mismo trabajo que crear y tienes que volver a leer páginas sueltas en multitud de ocasiones, pero, una vez la hayas desmenuzado, ya puedes desarrollar un esquema. A mí, me gusta trabajar en dos pizarras. En la primera, coloco los post-it que se corresponden con la estructura del libro. La diferencia en la estructura también es esencial a la hora de afrontar la adaptación. En una novela la duración de la lectura es incierta, puede terminarse en tres días o durar dos meses, dependiendo del tiempo que tenga libre el lector. En el mundo audiovisual tampoco se puede controlar la manera de ver un episodio como cuando se emitían las series en directo o se veían las películas en el cine, pero se acostumbra a disfrutar cada capítulo en tiempo real, con pocos parones, salvo que sean inevitables, y se tiende a consumir las series con cierta premura, aunque todavía queden algunas de estreno semanal. Pienso que, como creadores, debemos suponer que lo habitual es que cada capítulo sí será visto en tiempo real por el espectador. Recientemente ha surgido la opción de verlos a doble velocidad. En fin.

A partir de este punto, empiezo a trabajar en la estructura de la serie, que no tiene por qué ser la de la novela. De hecho, no suele ser. Me gusta ir comparándolas en paralelo, cambiando escenas de orden para contribuir a que la historia se entienda mejor o para que tenga más ritmo, viendo qué me falta en la original o si hay elementos repetidos.

Lo siguiente y esencial es dividir en capítulos. En ocasiones, la productora o la cadena pueden marcarte el número de episodios que necesitan y en otras te preguntarán cuántos salen de manera natural. Es un equilibrio complicado, la productora a menudo quiere cuantos más mejor para generar ingresos, pero el resultado final puede resentirse si se alarga demasiado. ¿Cuántos me salen de verdad? ¿En cuántos lo tengo que dejar? Conviene buscar posibles cliffhanger, momentos cumbre que sirvan para terminar capítulos y que ya estén en el texto. ¿Están demasiado juntos en la novela, demasiado separados, son pocos? ¿Funcionan?

En La huella del mal me salían seis episodios de manera orgánica, pero decidimos probar si podíamos llegar a ocho. No nos fue difícil ampliarlos ya que, como contaba antes, desarrollamos la subtrama de los jóvenes. De esa manera llegamos sin problemas, sin alargar innecesariamente. También pudimos ampliar la presencia de alguno de los sospechosos que nos resultaba interesante.

La importancia del piloto

Una vez tengo dividida la serie en capítulos, cada uno de ellos debe funcionar en sí mismo. Olvidaos de eso de “he hecho una película de ocho horas”. ¿Quién quiere ver una película de ocho horas? Cada capítulo debe tener la evolución dramática propia de una serie de televisión. Yo soy partidario de que los capítulos se distingan unos de otros, de que el espectador pueda recordar cuál es el 3 diferenciándolo del 4, porque tenga un tema diferente, una subtrama que englobe todo ese episodio o por lo que sea. Eso ayuda a que la investigación no sea una maraña difícil de estructurar. Puede ser por sospechosos, por puntos de vista, por localizaciones o por un tema de fondo que afecte a los personajes.

De ahí saldrá un mapa de tramas suficientemente desarrollado como para que la cadena entienda de qué tratará cada episodio y se quede tranquila comprobando que hay argumento para la serie completa, que no hay episodios de relleno.

Una vez tenemos ese mapa de tramas, se trabaja el piloto, que probablemente contribuirá a que se tome la decisión definitiva de si entrar o no en producción. Revisar de nuevo la estructura del 1 generará cambios en el resto. Hay que asumirlo. El mapa de tramas no es inamovible y en el piloto debe de estar todo planteado. En la novela, el ritmo puede ser más pausado, se pueden dedicar más páginas a plantear la historia, utilizar más documentación, más descripciones; el lector no es el espectador (más estresado). En la adaptación de La huella del mal, simplificando, resumimos las primeras ciento veinte páginas en sesenta, que es lo que dura el guion del 1. No es un resumen tal cual, ya que incluye elementos nuevos, pero, como concepto, creo que se entiende. Cambiamos escenas de orden, adelantamos la aparición de algunos personajes y posicionamos pronto a los posibles culpables del asesinato de la chica aparecida en un yacimiento neandertal.

Los lectores de mi novela creo que reconocerán el episodio 1, aunque tenga modificaciones, pero el 2 y el 3 cambian bastante, tienen mucha más acción y algunos secundarios pasan a primer término. Podría decirse que los guiones se diferenciarán, al menos, un 30% con respecto al equivalente en la novela. Otra decisión que hemos tomado es no respetar la cadencia de los flashbacks; en el libro están distribuidos cada un cierto numero de escenas y en la serie decidimos unificarlos en el capitulo en el que el presente tiene menos acción, ya que estos flashbacks sí tienen secuencias muy intensas que puede equilibrar un capítulo que resultaba más pausado y reflexivo. Los tres últimos son más parecidos al original, la resolución es la que es, y el tercio final de la novela, al ser thriller, sí tiene una estructura más similar a lo que puede ser un producto audiovisual.

Como conclusión, creo que lo ideal para hacer una buena adaptación es no sentirte excesivamente condicionado por los lectores y ofrecer tu propia versión de un texto que no está escrito pensando en llevarse a la pantalla, pero sí respetar su esencia. No dar nada por hecho, cuestionarse todo. Y, en el caso de mi novela, espero que la serie sea mejor, al menos desde el punto de vista audiovisual. Cuento con un material original muy trabajado, mucho feedback por parte de críticos y lectores y una nueva aproximación al texto, una vez he dejado que repose. Todo eso, me permite ser crítico con lo que no funcionaba tan bien y potenciar los aciertos que pudiera tener el original.

El proceso es fascinante. (Y dicen que contribuye a que se vuelva a vender la novela).