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La última scaletta. Por Alberto Maeso

28 de julio de 2021

Por Alberto Maeso. Académico, periodista, guionista y director de programas

La última scaletta.

La televisión era su pasión. Negaba con vehemencia -y sentido del humor- ser una estrella. Ni se consideraba ni se comportaba como tal ni le convencía el concepto. Pero lo cierto es que su carrera se ajustó perfectamente al término, brilló muy alto con éxito internacional y duradero, nadie lo duda. Vale, según la teoría era una estrella, cumplía todos los requisitos, incluida la incandescencia propia, carisma y telegenia innegables . Pero en la practica la cosa cambiaba radicalmente. Su forma de entender y trabajar en televisión estaba lejos, muy lejos, del comportamiento de una estrella y más cerca del de un militar, un deportista o un artesano. Una mezcla de los tres. Alma televisiva, eso sí. Y corazón y vida.

Estrella en vaqueros, zapatillas y, a ratos, gafas de sol. Su uniforme.  Determinación, ideas claras, nada de chorradas. Corría por sus venas sangre boloñesa, su ciudad natal y también jacobina. Espíritu libre, comprometido. Disciplina, puntualidad y metodología en el plató, su hábitat natural,  donde controlaba todo y a todos, conocía hasta el último auxiliar de producción, empatizaba con técnicos y ponía firme durante un ensayo a quien tenía actitud inapropiada o no estaba atento en la reunión de escaleta. Porque la scaletta es sacro santa, en su elaboración hay que poner los 5 sentidos, es la estructura que sostiene al edificio, si no está bien el programa se puede venir abajo. Marca el ritmo -no confundir con  prisa- de un formato. Y ya se sabe, que un minuto de tv es oro. Rapidez y audacia.

Tenía claro que “comunicar es conectar”. Ella lo hacía con sabiduría con el gran público, un target amplio y transversal donde entraba gente de todas las edades y condiciones, como en su capilla ardiente en el Capitolio de Roma.

Disciplina, puntualidad y metodología en el plató, su hábitat natural,  donde controlaba todo y a todos, conocía hasta el último auxiliar de producción, empatizaba con técnicos y ponía firme durante un ensayo a quien tenía actitud inapropiada o no estaba atento en la reunión de escaleta. Porque la scaletta es sacro santa, en su elaboración hay que poner los 5 sentidos, es la estructura que sostiene al edificio, si no está bien el programa se puede venir abajo.

Cuidaba el contenido de sus programas. Y contenido es todo: una canción, una entrevista, un juego, una conexión y todo necesita su atención, su preparación. Se puede improvisar pero mejor hacerlo sobre lo preparado, lo pensado.

El trabajo en redacción resultaba fundamental. La tormentas de ideas con el equipo de guionistas, verificar los casos con los redactores, codo con codo con producción. Tres en raya: la creatividad, la ejecución eficaz de las ideas y la puesta en escena con arreglo a la gramática televisiva. Luego le ponía su sello, su estilo, pero eso era el predicado. Había que salir con contenidos fuertes, eso era el sujeto.

Y siempre en directo, los programas grabados los consideraba un poco estafa al espectador. Y los muy editados, tv de laboratorio, Frankenstein. Gracias, pero no. Como la telerrealidad u otros subgéneros –pero ¿tronista de qué?- adaptados en España desde Italia, formatos de ida y vuelta gestados en Mediaset, que también fue su casa a finales de los 80 cuando fichó por un eufórico Silvio Berlusconi supermagnate, sonrisa excesiva, preconciliar en su actividad  política, aunque ya apuntando maneras y favores especiales con Bettino Craxi y la P2, antes de que estallara en añicos la  corrupción, llegara el juez Di Pietro con la operación manos limpias para terminar con el pringoso bunga-bunga. El lado oscuro de la tele, que claro que existe.

Dos años de contrato le bastaron para entender que aquella  cadena berlusconiana no era su sitio y volver a la pública, a la Mamma RAI. Misma historia aquí, mejor en TVE. Jugar el partido en casa, vamos.

Venía de la censura de El Vaticano y se metía en otra. Entonces se encontró, cara a cara, con una sociedad con ganas de cambios y -tal vez por eso- desde la primera canción, el primer golpe de melena  la aceptación, el aplauso, la empatía de y con los españoles. Aire fresco, aire de libertad. Y fue a través de la televisión -más allá de los discos, de las giras de conciertos- como se forjó y consolidó la relación, la buena relación, con el público. Para siempre.

Una España en la que aterrizó en plena ortodoxia del tardofranquismo. Venía de la censura de El Vaticano y se metía en otra. Entonces se encontró, cara a cara, con una sociedad con ganas de cambios y -tal vez por eso- desde la primera canción, el primer golpe de melena  la aceptación, el aplauso, la empatía de y con los españoles. Aire fresco, aire de libertad. Y fue a través de la televisión -más allá de los discos, de las giras de conciertos- como se forjó y consolidó la relación, la buena relación, con el público. Para siempre.

Se iba a otros países, pasaban algunos años y cuando regresaba a España la gente y la tele le estaban esperando. Curioso fenómeno ante el que ella misma se sorprendía. Pasaba el tiempo, cambiábamos de década y hasta de siglo y ahí siguió asomándose a la pantalla, entrando en las casas del personal en prime time. Y sí, se emocionaba cada vez que volvía a los estudios de Prado del Rey.

Y buena espectadora, veía y analizaba TVE internacional, mucho la francesa  y la BBC. Las cadenas americanas también pero con menos devoción. ni admiración, con cierta desafección o desconfianza.

Europeísta convencida, lo hubiera hecho muy bien como maestra de ceremonias en el próximo festival de Eurovisión como le había ofrecido el Director de la RAI con el visto bueno de la UER. Pero ya no será posible porque se nos fue el pasado 5 de julio. Conmoción y tristeza. Lo vimos, lo sentimos.

Asumir la muerte de nuestros seres queridos es uno de los retos más difíciles de la existencia humana. Muy complicado pero hay que intentarlo hasta conseguirlo, cada uno como quiera y pueda, para la continuidad aquí, para seguir avanzando en la emisión,  en el camino. Imposible estar serenos sin superar los miedos. No sólo a morir, también a vivir. Lección aprendida.

Vivir con presencias  y no de ausencias. Presencia de ánimo, ése mismo que derrochaba y contagiaba. En la televisión y en la vida normal. Que son dos cosas diferentes aunque a veces se cruzan y dan buenos resultados. Y eso fue lo que pasó.

De manera que muchas muchísimas gracias, Raffaella.

Alberto Maeso

Académico nº 670

Periodista, guionista y director de programas.

Trabajó con Raffaella Carrá en TVE y en la RAI