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Populismo Informativo. Por Vicente Vallés

18 de julio de 2019

Por Vicente Vallés, periodista Antena 3 Noticias

Populismo Informativo

Hace algunas semanas, medios de comunicación de todo el mundo contaban a sus usuarios una noticia que después se reprodujo millones de veces a través de las redes sociales. El titular era irresistible: se aplica la eutanasia a una adolescente holandesa llamada Noa que decidió morir por problemas psicológicos. La historia lo tenía todo: una menor de edad, unos padres que sufrían, la polémica sobre la eutanasia, la sorpresa por aplicar la eutanasia a una menor de edad y, por supuesto, la muerte. Los interrogantes se sucedían: ¿debe permitirse la eutanasia? Y, más controvertido aún: ¿se puede tolerar la eutanasia en un menor? Las tertulias se ocuparon de este asunto durante horas… hasta que dejaron de hacerlo.

El periodismo se ha debatido siempre entre dar prioridad a lo importante o a lo interesante. Pero noticias como esta son, a la vez, interesantes e importantes. El problema se produce al descubrir, demasiado tarde, que era interesante e importante, pero no era noticia. A la adolescente holandesa no se le había aplicado la eutanasia, y medios tan importantes como The Guardian, The Washington Post, El País o televisiones de medio mundo tuvieron que corregir sus informaciones. El bulo había tenido un éxito notable. No es el primero. No será el último.

La irrefrenable pasión por lo llamativo, por lo controvertido y por capturar cada vez más audiencia sin atender al coste no siempre tiene efectos positivos. Es el populismo político trasladado a nuestra profesión: populismo informativo»

Las noticias falsas (fake news) nos asaltan cada día a quienes nos pasamos la vida en las redacciones de los medios. Pero casi peor que una noticia falsa es una noticia medio cierta, como la historia de Noa. Una mentira completa, aunque circule por Twitter a la velocidad de la luz, suele ser detectada a tiempo por los periodistas que tienen alguna experiencia. Pero una media verdad que oculta una mentira es fácil que “vuele” por debajo del radar, y sea más difícil de detectar antes de que acabe siendo parte del infernal ciclo informativo ininterrumpido en el que vivimos en nuestros días.

Porque no hay periodista al que no le cueste resistirse a ser el más rápido a la hora de poner una noticia en la web de su medio, o en el programa de radio o televisión que está en directo. La presión es cada vez mayor para conseguir un lector más en el OJD, un click más en la web, un oyente más en el EGM, o un espectador más en las cuentas de Kantar. ¿Hay margen para añadir alguna otra prioridad a nuestro oficio que no sea únicamente la cantidad? ¿Nos importa? ¿Le importa al usuario de la información? Por lo que parece, la respuesta a esas tres preguntas es la misma: no.

Este mecanismo viciado en el que estamos instalados desde hace tiempo es una herramienta de lujo para quienes pretenden (y muchas veces consiguen) dirigir la información que se emite y, como consecuencia, condicionar el debate público y hacerlo virar hacia sus intereses, no siempre confesables.

Intensificar los mecanismos de control en las redacciones es imperativo, si los medios y los periodistas no queremos convertirnos en una herramienta de la mentira, cuando debemos ser los garantes de la verdad”

Los servicios de inteligencia rusos (también los chinos, e incluso los norcoreanos) se percataron de esta avería antes que nadie, y han activado mecanismos sofisticados para manipular a la opinión pública de Occidente. La medalla de oro la obtuvieron, sin duda, con la injerencia en las elecciones americanas de 2016, en lo que supuso una de las operaciones más temerarias de la historia del espionaje: entrometerse en un proceso democrático ajeno, el de su máximo rival.

El Fiscal Especial Robert Mueller ocupó casi dos años en investigar la trama rusa, y elaboró un informe de 440 páginas exponiendo sus conclusiones. Pero no necesitaba tanta literatura para dejar claro lo principal: en la cuarta línea se dice que “el gobierno de Rusia interfirió en las elecciones presidenciales de 2016 de forma indiscriminada y sistemática”.

Resultados muy similares han tenido investigaciones paralelas de la CIA o de los medios de comunicación. Y no es seguro que los cortafuegos que se pretenden utilizar ahora puedan frenar un nuevo intento por condicionar las elecciones presidenciales de noviembre de 2020.

Esa probada injerencia se produjo mediante mecanismos de desinformación, diseminando falsedades y medias verdades a través de blogs, redes sociales y medios controlados por el Kremlin, hasta conseguir que tales especies terminaran formando parte del tiempo o el espacio de los medios tradicionales y, como consecuencia, fueran tratados como noticias ciertas y creíbles.

La irrefrenable pasión por lo llamativo, por lo controvertido y por capturar cada vez más audiencia sin atender al coste no siempre tiene efectos positivos. Es el populismo político trasladado a nuestra profesión: populismo informativo.

Intensificar los mecanismos de control en las redacciones es imperativo, si los medios y los periodistas no queremos convertirnos en una herramienta de la mentira, cuando debemos ser los garantes de la verdad. Pero, como principio inicial, podríamos empezar por desterrar de nuestro ánimo esa afición incontrolada por entusiasmarnos con la primera historia que se nos pone delante, sin mayores comprobaciones. Empecemos por el principio, por lo obvio: la noticia.